Revancha

Como nunca, la casa estaba llena de gente, nadie sollozaba, pero todos esperaban ansiosos como hienas a que se abriera la puerta de la habitación del anciano señor Cienfuegos.
El medico salió, inhaló profundamente y con una expresión de lamento, dejó la puerta abierta para que ingresaran todos los ávidos de dinero que, una vez adentro, observaban con falso pesar el lecho del abuelo; nietos, bisnietos y sobrinos se incrustaban los codos en las costillas por lograr un lugar en primera fila.
Entonces fue, que levantando su flácido brazo izquierdo con la mano empuñada, alzó grácil y rígido el dedo cordial a vista de todos los asistentes, y esbozando una sonrisa, disfrutó de sus últimos segundos de vida y orgullo que le quedaban, dejando todo lo que tenía a la caridad.

Intento fallido

Dos días después de lo ocurrido despertó; la luz golpeó de lleno sus pupilas. No recordaba cómo se llamaba. Su nombre y su historia ya no existían. Perdido y desorientado, sin identidad, sin pasado, ni hogar. Exaltado miraba a su alrededor buscando alguna pista que le revelara lo que su propia cabeza le negaba, sus ojos se movían veloces recorriendo cada detalle de la habitación en que se encontraba: lámpara, flores, una ventana, y un televisor desde un atril puesto en lo alto lo miraba interrogante; luego notó que los recuerdos no aparecían, no había olores ni luces conocidas, el miedo lo embargó: una fría y desagradable sensación se apoderó de su piel, sus manos se adormecieron, su garganta se apretó, sintió que su cuerpo indefenso caía más allá de la cama que lo sostenía. Los monitores dispuestos a ambos costados de la cabeza comenzaron a sonar con un agudo, entrecortado y estridente sonido que se repetía una y otra vez revelando el miedo que crecía en su interior, su presión se disparó. La fría transpiración empezó a fluir por su frente, humedeció sus manos y cada uno de sus músculos contraídos comenzaron a tiritar, el llanto era inminente. Estaba vacío, solo y asustado. Girando a la derecha el cuerpo, comenzó a contraerse: sus manos adornadas de catéteres se juntaron en su pecho con electrodos, las rodillas buscaron el vientre y su cabeza cayó entre la almohada y el colchón. Rendido, temía a lo desconocido.

Tres días más tarde abrió los ojos nuevamente, saboreó lo amargo de su lengua seca; manchas de colores se movían sobre él, murmuraban. Enfocó, sintió una palma suave y tibia en la frente, vio luego una sonrisa llena de esperanza y unos grandes ojos colmados de lagrimas que se acercaban, el calor de una piel ajena, pero conocida cerca de su mejilla lo hizo respirar profundo, llenando así sus pulmones del aire tibio presente en la habitación; luego, los labios que ya estaban próximos a su oído exclamaron: "No lo vuelvas a hacer".

Octavo Básico

Luego de leer lo que le di antes de llegar al salón, levantó levemente la cabeza, me miró por encima de los marcos negros que pendían de su puntiaguda nariz, esbozó una sonrisa, la que rápidamente se esfumó dando paso a una mirada más profunda; una sombra se posicionó en las cuencas sus ojos, sombra que hizo juego con el espeso bigote que adornaba su tosca forma labial. Tomó asiento. El olor a tabaco que salía de sus amarillentos dedos entrecruzados sobre la mesa me impacientaba. Casi transpirando, apretaba con mis pequeñas manos el papel de dulce que tenía en el bolsillo de la cotona. Observaba y esperaba la respuesta, de a poco perdía la esperanza ante el largo silencio del profesor:
- Está bueno, se imprime...
Y logré entrar en la revista escolar.

Paseo

Siempre le gustó salir a caminar. Deambulaba casi religiosamente cada tarde de junio por ahí descubriendo a menudo detalles nuevos en las personas, casas, calles y plazas de aquel barrio que la vio crecer; disfrutando del tenue sol de media tarde, recogiendo aromas, recordando amores, dejándose llevar por la nostalgia que le traía cada esquina y rincón por los que pasaba; rincones por entonces humedecidos por la reciente lluvia estacional. A veces también echaba de menos la tensión de la correa de su amo.

Morfeo

Recuerdo que cada navidad era un verdadero calvario, una batalla que libraba anualmente en contra de aquel enemigo que siempre terminaba derrotándome, pese a todos mis esfuerzos por mantenerme en pie como mis hermanos mayores, que eran más preparados y fuertes, más astutos y estrategas en la batalla; era obvio, llevaban mas años que yo en el campo, y por ende más experiencia, la que los convertía en generales y capitanes ante un aficionado como yo: un simple soldado que arriesgaba todo por alcanzar la victoria, pero que sin embargo caía en el primer encuentro con las fuerzas enemigas.

Siempre era el último en abrir los regalos, en la mañana del 25

Y de pronto

Lo tomó del pescuezo, lo levantó hasta la altura de su frente, bajó la miraba, dio unos pasos y lo dejó caer volteando el rostro para no presenciar la caída, mas no podría librarse del sonido que pronto invadió sus oídos y le recorrió el espinazo hasta adormecerle la planta de los pies.
Diez minutos mas tarde, volvió arrepentido al tacho a rescatar al robusto y recién eliminado oso de felpa.

Receso.

Veo mi reflejo en el monitor: corbata, camisa, abrigo, lentes y una barba extraña, oscura y difusa, a medio salir. En una especie de trance comienzo a perderme en esa luz blanca y artificial que baña mi rostro, una luminosidad que contrasta con las sombras que vienen asomándose desde mis anchas espaldas, inundando toda la habitación que me rodea y observa, con sus libros, muebles, cama y televisor.
El reflejo de mi pupila en el cristal del anteojo me descoloca, el movimiento del globo ocular con su profundo y opaco iris castaño desvía mi atención al leer.
Creo que terminaré de escribir mañana.


[4JM]