Revancha

Como nunca, la casa estaba llena de gente, nadie sollozaba, pero todos esperaban ansiosos como hienas a que se abriera la puerta de la habitación del anciano señor Cienfuegos.
El medico salió, inhaló profundamente y con una expresión de lamento, dejó la puerta abierta para que ingresaran todos los ávidos de dinero que, una vez adentro, observaban con falso pesar el lecho del abuelo; nietos, bisnietos y sobrinos se incrustaban los codos en las costillas por lograr un lugar en primera fila.
Entonces fue, que levantando su flácido brazo izquierdo con la mano empuñada, alzó grácil y rígido el dedo cordial a vista de todos los asistentes, y esbozando una sonrisa, disfrutó de sus últimos segundos de vida y orgullo que le quedaban, dejando todo lo que tenía a la caridad.